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3. Xochicuicatl e icnocuicatl: los textos

 

 

Lo mucho que se ha estudiado la Flor y el Canto -la poesía náhuatl- al amparo de la escuela de Garibay y sobre todo la no escasa literatura que sobre el tema se encuentra habrán de excusarme de hacer aquí una caracterización, por mínima que sea, de los recursos poéticos propios de estos pueblos así como de la función social y condición colectiva que los cantares jugaban en el orden de los nahuas.

 

Dejaré pues, que por sí solos los poemas (suponiendo que efectivamente sean unidades completas después de la división a que sometió Garibay cada página de los manuscritos donde no están separados, o al menos no siempre como los tenemos hoy) evidencien lo que pueden a nosotros, que los comprendemos en lenguas tan ajenas a su náhuatl original. Comprenderemos también, lo que podamos en función del horizonte hermenéutico sobre in xochitl in cuicatl con el cual nos hallemos familiarizados[1].

 

Me abstendré al máximo de dar aquí nuevas guías para su interpretación pues de alguna forma lo he hecho ya por anticipado proponiendo sucintamente mi visión acerca de lo que pueda significar la Suprema Divinidad que ahí bajo sus distintos nombres se menciona (y desde ellos, también qué relación guarda con el Universo). Sólo me referiré a menudo –explicándolo a la luz de los textos- a lo dicho ya sobre los atributos del Dios Dual. Lo que falte lo darán los textos mismos En todo caso, quedará todo más claro en el apartado de este ensayo en el que se muestren las posibles conclusiones.

 

Difícil fue hacer una selección de los pasajes dada su monotonía aparente (imágenes poéticas ampliamente repetidas, tanto que terminan por matar lo que al principio parece novedoso a nuestros ojos). De los manuscritos de Tezcoco y de la Biblioteca Nacional (RSNE y Ms.BN) creo, no obstante, haberme quedado con aquello que basta para la defensa de la presente postura. Con el fin de no multiplicar innecesariamente el número de citas –máxime cuando en muchas encontramos expresadas ideas casi idénticas- el eje de la discusión se centrará, como para León- Portilla, en lo que él mismo denomina y edita como un Diálogo de la Poesía: Flor y Canto[2]. Garibay considera por separado estos poemas [3]pero no puede dejar de percibir que algunos parecen estar vinculados por las alusiones a ideas y personajes mencionados en los que –en el manuscrito- tienen un orden anterior.

 

Conociendo las dos traducciones (muy similares) y teniendo a la vista la paleografía del original hecha por el último de los mencionados, me parece que de en este Diálogo[4] se trata casi todo lo que me interesa como expresión divina o de lo Divino en el lenguaje poético nahua. Lo que falta (el sentimiento fuerte de angustia que no está sino insinuado) lo ampliaré principalmente con icnocuicatl tomados de otros lugares en el mismo Manuscrito.

 

El “Diálogo” en la traducción de Garibay, que cuida mucho más la textualidad, dice:

 

 

(Ms. BN, ff. 9v-12r)

 

Xochicuicatl

 

[1.]*

¿En dónde andabas, cantor?

¡póngase ya en pie el florido atabal, ceñido con plumas de quetzal,

engalanado con sartales de doradas flores!

Vas a dar placer a los príncipes, a los reyes, a los Águilas y Tigres.

Ya llegó, sin duda, junto a los tambores, ya está allí el cantor.

Abre como si fuera plumaje de quetzal,

va derramando el canto para el que da vida. (icuic ipalnemohua)

 

Ya le responde el pájaro cascabel: anda cantando y se ensancha florido;

se abren y crecen nuestras flores. Por allá oigo su canto,

¿no está respondiendo acaso, no responde al autor de la vida?

Es el pájaro cascabel:                              

anda cantando y se ensancha florido;

se abren y crecen nuestras flores.

 

El canto (signifique lo que sea) es una acción ritual[5] para Ipalnemohuani, por quien se vive en el Universo. El poeta (pájaro cascabel: coyotl totl), en todo caso responde (nanquilia) a la Divinidad porque, si se acepta lo dicho por mí en 2.1.1 (que por Ipalnemohuani hay vida en los tres rumbos del Universo), las flores (nuestras flores que se abren y crecen) se hacen más bien a semejanza de las que en la tierra florean. Las “doradas flores” con que se adorna el tambor alrededor del cual se convoca al poeta, pueden ser los cantos que en su perímetro se entonaran pero también flores reales con las que se engalanase el lugar[6].

 

 

[1a.]

Esmeraldas, plumas de quetzal

en lluvia cayendo están:

¡es tu palabra ... y así hablaba

Ayocuan y el gran Cuetzpaltzin:

de verdad conocían al dios! (An qui nelli ye quimati in ipalnemoa)

Así lo viene a hacer aquel glorioso príncipe,

con puñados de joyeles viene a deleitar al dios.

¿Va a consentir en ello el dador de vida?

¿Hay acaso verdadero en la tierra?

 

A Ipalnemohuani se le deleita (luego diré en qué sentido lo creo) con las bellezas (jades, joyas, plumas) que son palabra (tlatol). De los que hablan así, con discurso embellecido (recordemos el glifo náhuatl de la vírgula florida), se dice que en verdad conocen a la Divinidad. Mi interpretación apunta a que ese conocer no sucede a la creación poética (no es solamente que la poesía haga conocer lo Divino, o no nada más). Como Ipalnemohuani hace vivir lo que en los tres rumbos (es Tloque Nahuaque) se encuentra será también fundamento o raíz de la poesía. El origen del canto es Ipalnemohuani (Él lo hace vivir, moverse) y quien le conoce puede entonces hablar en flor y canto.

 

La pregunta final es entonces más que una duda “filosófica” sobre la verdad de lo que hay en tlalticpac un anhelo de que quien ahora canta tenga conocimiento suficiente de Dios para poder hablar con verdad (neltiliztli).

 

 “¿Consentirá en ello el dador de vida? (ach ca no in on azo ce ya in ipalnemoa)” es, realmente insoluble en este punto: ¿por qué no habría de hacerlo? ¿por qué sí y cómo? ¿lo hará en efecto?

 

 

[2.]

Primer poema de Tecayehuatzin

 

¡Que por breve tiempo, que por todo el tiempo,

tome como mías estas esmeraldas, estas  joyas finas:

los príncipes!

Tejiendo estoy como flores la nobleza

por medio de mi canto y con él ciño los atabales.

Aún hago festín en Huexotzinco,

yo, el rey Tecayehuatzin,

Reúno jades y esmeraldas al reunir a los príncipes.

Tejiendo estoy como flores la nobleza,

por medio de mi canto y con él ciño los atabales.

 

Lo que nos importa aquí es la duración que parece tener el canto que congrega a los  preciosos nobles (¿vivos o en forma espiritual? Vid. nota 35.), i.e., el tiempo por el que las flores permanezcan. Se concibe como fugaz el momento pero se desearía perenne, como lo indica la exclamación inicial. No hay que olvidar que en su ser de Ometeotl, la divinidad ha engendrado cuatro “hijos” en perpetua lucha y estos, a su vez, ya han creado y destruido al mundo en sucesivas ocasiones como lo narra la Leyenda de los Soles. Por eso preocupa la permanencia del canto. Más allá de si el Dios lo consiente habrá que saber cuánto tiempo lo sustenta. Incluso si lo permitiera ocurriría esto en un tiempo limitado: en algún momento se dejará la reunión, alguna vez se irán los aparecidos, no se puede vivir cantando.

 

 

[3.]

De dentro del cielo es de donde vienen

estos bellos cantos, estas bellas flores.

Destruyen nuestra amargura, destruyen nuestra tristeza

¡Es cierto el rey chichimeca Tlacayehuatzin: gozad de ellos!

 

Los cantos se originan en el interior del cielo, el que (también) allí habita, Ometeotl Ipalnemohuani, los envía. Mejor: en él se originan; vienen “del interior del cielo” porque gracias al conocimiento que el cantor tiene de la divinidad puede componer con belleza. Lo que tiene raíz en la divinidad es verdadero -está fundamentado, enraizado- pero el temor de que esto nunca fuera así causa amargura y tristeza (tellel, notlayocol). Ver surgir los cantos, las flores (recuérdese la última pregunta de [1a.], confirma su existencia efectiva, su verdad y (de acuerdo con mi interpretación) su adyacencia al Dios. Es una ocasión de gozo.

 

 

[4.]

Segundo poema de Tecayehuatzin

 

La amistad se estremece cual preciosa flor blanca y oliente,

con banderas de pluma de garza preciosa se entrelaza,

en sus ramas bellas de roja flor andan libando

los reyes y los príncipes.

 

Áureo pájaro cascabel es vuestro bello canto,

el bello que eleváis aquí:

en un ruedo de flores, en ramas florecientes

estáis y dais vuestros trinos.

Ah, acaso tú eres ave roja del dios, tal vez un rey de él puesto ...

Vosotros los primeros mirasteis la aurora

y ahora estáis cantando.

 

Alrededor de los cantos se congregan nobles amigos (física o espiritualmente). El lugar se haya adornado (un ruedo de flores, ramas florecientes) con la Amistad (icniuhyotl), comunidad poética de los hombres que rinden culto con cantares (o sacrificios. Recordemos la tensión cultural y el papel de los cantos para Briesthold) y que es posible por la existencia de éstos y, en última instancia, por la Divinidad que da vida y está omnipresente. En lugar florido (adornado con flores vegetales) los poetas dan sus cantos (también floridos, bellos), quizá para traer las otras flores divinas (los guerreros muertos) pero todo porque Ipalnemohuani sustenta.

 

La última frase es por demás hermosa, sea que la entendamos literalmente (algunos congregados llegaron temprano y ahora ya entonan su poesía) o que la Aurora sea también Dios. Ignoro si alguna deidad la representara pero teniendo en cuenta la idea de desdoblamiento de Ometeotl en múltiples deidades equivaldría la frase a “como habéis visto a Dios, ahora cantáis.”, lo cual coincide con lo que afirmé en [1a.]

 

 

[5.]

Esfuércese en querer mi corazón

sólo flores de escudo: son las flores del dios.

¿Qué hará mi corazón?

¿Es que en vano vinimos, pasamos por la tierra?

De igual modo me iré

que las flores que han ido pereciendo.

¿Nada será mi fama algún día?

¿nada de mi nombre quedará en la tierra?

¡Al menos flores, al menos cantos ...!

¿Qué hará mi corazón?

¿Es que en vano vinimos, pasamos por la tierra?

 

Flores de escudo o chimalli xochitl era el nombre de los girasoles, pero también -según Garibay[7] en su Historia de la Literatura Náhuatl y otros lugares- la “flor” o borla de las rodelas y los prisioneros capturados para el sacrificio (la flor que se gana con el escudo en la guerra) En todo caso son flores del dios (in ixochiuh in ipalnemohuani) que el poeta-guerrero anhela con su corazón (vida y movimiento). Son del Dios porque en el se fundan o porque son para él (en el caso de ser las víctimas propiciatorias). Podría ser también que el poeta deseara pronunciar un yaocuicatl.

 

Son del Dios, en todo caso, porque él nos las presta o facilita (como veremos más adelante), aunque no para siempre: se necesitan nuevas víctimas o dejar de cantar y aun las flores en sentido literal pasan y perecen, se marchitan. De ahí la tristeza del cantor que desearía la permanencia de sus flores (las que sean) para desmentir que la tierra carezca de fundamento o verdad, y con ella, también sus habitantes. La permanencia, no obstante, es distinta de eternidad. Basta que haya flores y cantos verdaderos, alguna vez. “Por un breve tiempo, por el tiempo que sea” traduce León-Portilla la primera línea del pasaje [2.] y con ello me da pie a pensar que ya la mera existencia de la flor (sustentada y vivificada en toda su duración por la Divinidad), aun si breve, bastaría para el poeta-guerrero-hombre de los pueblos nahuas.

 

Un poco sobre lo mismo parece ir el poema cuando a continuación dice:

 

 

[6.]

Poema de Ayocuan

 

Ahora gocémonos, oh amigos míos, sean aquí los abrazos.

Aquí vivimos sobre tierra florida:

aquí nadie podrá poner fin a la flor y el canto

que tienen su mansión en la casa del autor de la vida.

Sólo un breve tiempo en la tierra:

ya no será igual en el Reino del Misterio. (Quenonamican)

¿Acaso allí hay alegría, hay amistad?

¡No: solamente aquí: hemos venido a conocernos en la tierra!

 

Es suficiente –por lo dicho- que aquí en tlalticpac conozcamos el rostro de los amigos (la verdad de sus personas: in ixtli in yollotl). La tierra que habitamos es florida (xochintlalticpac), bella y aunque en la Región del Misterio -lugar de los descarnados: Ximoayan- no se den acaso los deleites terrenos (incluida la flor de la poesía) su frágil naturaleza temporal nos invita a su disfrute.

 

Aya oc no iuhcan Quenonamican,ya no será igual en Quenonamican” puede entonces querer decir que o bien ya no hay flores ni abrazos en el más allá (los trece cielos o el mictlan) o que lo que hay allá no es lo mismo que lo de la tierra, y más bien lo segundo porque el propio poeta abunda en la existencia infinita de una flor y un canto que habitan donde Ipalnemohuani, i.e., que son siempre verdaderos, que están preservados. Si hay flores que perecen, que son solamente aquí, esas debemos gozar ahora.

 

Viene luego en el manuscrito una estrofa de transición que transcribiré para no dejar incompleto el Diálogo, aunque no tiene demasiado interés para lo que aquí se persigue, aunque –si aceptamos la hipótesis de lectura de Briesthold- quizá probaría la comunicación con los espíritus descarnados:

 

 

[7.]

He oído un canto, lo oí por allá:

tañe su flauta Ayocuan rey de Xochiman

Ya te respondió, ya te respondió

en medio de las flores Aquiauhtzin el rey de Ayapanco.

 

Y sigue:

 

 

[8.]

Poema de Aquiauhtzin

 

¿Dónde vives, mi dios dador de vida?

Muchas veces te busco:

por ti soy un doliente cantor.

Yo te doy deleite.

Blancas perfumadas flores, llueven aquí

sólo blancas flores olientes

en la primaveral casa, en la casa de matices.

Yo te doy deleite.

 

Lo interesante aquí es que se nos va anticipando la hermética visión de Dios (es Yohualli Ehecatl, Noche Viento), se reafirma la función ritual del canto y el dar deleite como función aneja a éste.

 

Preguntar dónde es la casa del Dios sólo puede ocurrir bajo dos circunstancias: o porque de verdad se ignore o bien porque ante muchas posibles respuestas se desconozca cuál sea la correcta. Ambas posturas tendrán lugar en los cantos examinados y en la poesía náhuatl que conocemos. Una  y otra, más que una divergencia de opiniones (de la cual, quien quiera, podría inferir no sólo la existencia de filósofos sino hasta de “escuelas”) parecen manifestar la tensión inherente al lenguaje poético del Altiplano de México, tensión que –en cuanto se  inscribe dentro de un sistema conceptual con un Dios Dual y de rostros contradictorios- es lo que intento probar.

 

En el Diálogo de la Flor y el Canto, Ometeotl se nos ha mostrado ya como Ipalnemohuani y de él han hablado los poetas. Preguntar por su casa nos remite en este fragmento a su omnipresencia (Tloque Nahuaque) pero también a su ser insondable (Yohualli Ehecatl). El cantor que sufre lo hace por causa del Dios, tanto por no poder alcanzar su comprensión como porque la naturaleza divina condiciona al mismo tiempo (Ometeotl, la Dualidad) la permanencia, la fragilidad e inanidad de las cosas terrenas.

 

 

[9.]

Tercer poema de Tecayehuatzin

 

Los que por allá en Tlaxcala

cantasteis al son de timbales con esmeraldas, al lado de los tambores,

narcótico de flores, narcótico de flores,

Xicoténcatl, el señor de Tizatlan,

Camaxóchitl, con cantos se deleita:

Con flores es esperada la palabra del dios único (icelteotl).

 

 

 

Es este un llamado a los reunidos  para oír a Xicotencatl-Camaxochitzin entonar su propio canto. Se llama a los cantos “narcótico de flores (xochin poyon)” porque, como hemos visto arriba, hace olvidar la tristeza que nos causa la mortalidad de las cosas de tlaticpac o la inaccesibilidad del Dios en su faceta de Noche-Viento.

 

La palabra embellecida (verdadera por su propia existencia, que es respuesta a las otras flores de Ometeotl) embriaga de placer y es motivo para la reunión al mismo tiempo que –como ya constatamos- no ha mostrado ser suficiente para acceder a la casa divina (o no como se quisiera) y se ha revelado más bien mortal y transitoria y sin embargo aún es con flores (poemas, invocaciones a los espíritus o flores reales) que se espera la palabra de la única divinidad.

 

 

[10.]

Poema de Camaxochitzin

 

Así pues, de todas partes

en tu casa, autor de la vida,

en estrado hecho de flores y de flores circundado,

te hacen plegarias los príncipes.

El multicolor Árbol Florido se yergue junto a los tambores, donde estás tú:

con plumas de quetzal están entrelazados, bellas flores se derraman.

Encima del pabellón de plumas de quétzal

anda el ave cascabel: anda cantando, da deleite al Águila-Tigre.

 

Las “plegarias” a Ipalnemohuani (los cantos con que se le celebra y busca) vienen de cualquier lugar de su casa. Si el sustenta todas las cosas, todo lugar es “su casa” (Tloque Nahuaque : “cabe quien está el ser de todas las cosas”). Ese lugar cualquiera es estrado hecho de flores y de flores circundado porque –sea que se trate del lugar físico de la reunión o del tlalticpac- la belleza y verdad de la flor, desde que vienen de Ipalnemohuani, lo llenan todo.

 

La Divinidad está, como ve el poeta, junto a los tambores (huehuetitlan), i.e., en el lugar donde se canta o en el canto mismo que con ellos se acompaña. El Árbol Florido, como he anticipado ya, es símbolo del paraíso Tamoanchan pero también, me parece, el Ser mismo del Dios desde el cual mana todo por desdoblamiento y en el cual todo se nutre. A esto no falta razón pues los niños en el cielo, antes de ser mandados por el mismo Ometeotl, se amamantaban en el dicho Xochicuahuitl. Así, las bellas flores (en cualquiera de sus referencias) que se derraman, vienen directamente de Dios. La metáfora del árbol junto al tambor vale, pues, tanto para decir que gracias a su presencia se logran los cantos o que es por estos últimos que el Árbol (y Dios con él) puede ser vislumbrado como junto a los tambores, esta vez, los materiales.

 

La alusión al Águila-Tigre vale también por la Dualidad: el Tigre es animal telúrico por excelencia, es tlalticpac. El Águila es el Sol, símbolo del Cielo. En ambos sitios (y también en el mictlan) se halla Ometeotl como sustento.

 

 

[11.]

Cuarto poema de Tecayehuatzin

 

Flores se están esparciendo,

sea el baile, amigos míos, allí junto a los tambores

Allí es festejado: nuestros corazones sufren

Pero es él ... oídlo ya; viene de dentro del cielo.

Viene cantando y le responden

los que están aquí tañendo flautas.

 

Con lo dicho puede entenderse ya casi por sí mismo este fragmento pero ¿por qué “sufren nuestros corazones” si ya con las flores que se esparcen desde el cielo el Dios viene a los que cantan? Ha consentido ya la Divinidad en advenir al lugar de los tambores pero aún así (precisamente por ello, explicaré adelante) el corazón de los cantores sufre.

 

 

[12.]

Poema de Cuauhtencoztli

 

Doliente estaba yo, Cuauhtencoztli,

sólo con tristeza adornaba mi tambor florido.

¿Es que en verdad son los hombres reales?

¡Aún no es verdadero su canto!

¿Hay algo acaso que en pie perdure?

¿hay algo acaso que logre éxito?

Donde vivimos, en donde estamos,

oh amigo mío, infelices somos.

¡Cante yo para ti, con tal que estés presente!

 

 

Parece aquí –sobre todo atendiendo a la traducción de León Portilla, quien da por primera línea “Yo Cuauténcoz, aquí estoy sufriendo, con la tristeza he adornado mi florido tambor” que el sufrimiento es entre los poetas sólo una forma más de flor que viene del Dios. El lamento de Cuauhtencoztli parece –dentro del “certamen” poético que está teniendo lugar- una forma distinta y si se quiere menos optimista de tomar el turno. El príncipe estaría diciendo: “prefiero hacer un canto triste, y es el que sigue:...” para obsequiarnos luego con las típicas preguntas y preocupaciones de los cantos de abandono. Estos cuestionamientos  –claro-  no son sin motivo pero quedarán mejor comprendidos cuando analice los icnocuicatl consignados en otros folios de los Cantares Mexicanos.

 

Con tal que el Dios permanezca (y lo está haciendo ya con el mero hecho de que Cuauhtencoztli cante su poema) no importa que las tristezas reveladas por la palabra opriman el corazón del poeta. La reflexión sobre la futilidad del lenguaje es también forma apropiada de expresarse sobre lo divino.

 

 

[13.]

Poema de Motenehuatzin

 

Al patio de flores adornado llega el príncipe

Coyolchiuhqui que cantando viene en medio de llanto.

En primavera (xopan calitic: el verdor) no son de paz los cantos,

no son de paz las flores.

Por doquiera hay inquina aquí.

Apenas, verdad es, con dolor y afán vivimos.

Ya no en paz, ya no en paz vivimos

con desolados cantos (icnocuicatica) entrelazo a la nobleza,

a la regia autoridad, Telpolóhuatl, el rey Telpolóhuatl,

yo Motenehuatzin.             Todos andamos aquí.

En primavera no son de paz los cantos,

no son de paz las flores,

Por doquier hay inquina aquí.

 

Según las notas de Garibay a este poema (op. cit., cxxiv), el tema es el asedio tenochca, población de espíritu guerrero, a las pequeñas y más pacíficas ciudades del Valle de Puebla. La Poesía talxcalteca y huexotzinca puede poco contra la inquina militar de los mexicas y sin embargo “todos andamos aquí”: amigos y enemigos consiente el Dios, somos sus flores. El dolor de perder la paz y reposo de la belleza florida (sea porque ésta acabe por sí misma o porque otros las destruyan) es, como hemos notado en las últimas intervenciones, un motivo para cantar con lenguaje poético sobre la experiencia humana pero, sobre todo, la expresión en la poesía misma de la limitación de ésta.

 

En lugar de “no son de paz”, León Portilla traduce “desiguales” Si lo admitimos, el tema sería otro y los cantos serían desiguales respecto al sustento que comparten con toda la realidad. No son exactamente todo el Dios Ipalnemohuani, por eso habremos de estar tristes. Responden con eso, no obstante a la faz desoladora de Ometeotl que se refleja mejor en los icnocuicatl.

 

 

[14.]

Quinto poema de Tecayehuatzin

 

Por allá oí un canto,

veo en la primavera junto al agua floreciente:

anda allí conversando con la aurora,

el ave de cuello azul,

el ave de la mies en grano el ave roja cual luz,

el príncipe Monencauhtzin,

 

Este es de nuevo un párrafo intermedio en el que, no obstante su brevedad, puede leerse una idea común con [4.]: el poeta conversa con la aurora (tlahuizcalli) que puede ser máscara del Dios Dual y Omnipresente.

 


[15.]

Primer poema de Monencauhtzin

 

Oh amigos míos, los que estáis aquí,

dentro la enramada de preciosas flores,

de la verde azul ave,

venid ya a levantar la rica sementera:

vea yo a los que al son de flautas de jade

y con tambores enflorados están dialogando,

que son acaso los príncipes, los reyes,

que tañen y agitan timbales de colores

dentro de esta enramada.

 

No tiene este párrafo demasiado interés. Las figuras poéticas son poco novedosas. El poeta se refiere a su visión de los amigos que se solazan y rinden culto con los cantares. Ellos levantan una rica sementera (quetzalcuemitl) porque siembran la flor de su palabra o porque (leyendo como lo haría Briesthold) los príncipes y reyes muertos (flores del Dios) vienen a la enramada donde están los amigos poetas que los convocan y a los cuales se dirige Monencauhtzin.

 

 

[16.]

Sexto poema de Tecayehuatzin

 

Oldlo: hace estrépito y gorjea

en las ramas del Árbol Florido,

están haciendo resonar sus cascabeles de oro,

y su sonaja el ave roja del Colibrí:

Es el príncipe Monencauhtzin

se está abanicando con plumas de zacuan,

abriendo está sus alas, viene en vuelo

al sitio de los tambores enflorados.

 

En el Árbol resuenan los cascabeles divinos (teocuitlaxochicoyol), los poetas. Otro de ellos, que es quechol de Hitzilopochtli-Sol -hijo de Ometeotl que por su importancia agrícola tiene también función sustentadora como su “padre” la tiene bajo el nombre de Ipalnemohuani- “baja” al lugar donde los cantos están teniendo lugar, lo cual puede significar simplemente que viene a dar su propio canto después de oír otros que le han hecho olvidar (como narcótico de flores) el dolor o la alegría, o bien que este Monencuauhtzin se presenta ante los cantores como descendido del lugar de los guerreros muertos en combate.

 

 

[17.]

Segundo poema de Monencauhtzin

 

Brotaron las flores, brotaron las flores,

abren sus corolas ante el que da vida.

Ya te responde el ave del dios que oír deseabas.

Cuantos son tus cantos, tanta es tu riqueza:

tú a otros deleitas, cual flor movediza.

Ando por doquiera, por doquiera grito,

yo que soy cantor.

Ricas olientes flores se van esparciendo,

van al patio enflorado de las mariposas.

Todas allá llegan de donde está la Flor enhiesta:

Flores que trastornan, flores que perturban,

los humanos corazones de los que se afirman.

Vienen a derramarlas, vienen a esparcirlas,

cual tejido de flores que embriagan.

 

El tal Monencuauhtzin, una vez “descendido” vuelve sobre las meditaciones más o menos profundas que vimos abundar en la primera parte del Diálogo: Los cantos o las flores reales (o los espíritus invocados) brotan y se abren ante Ipalnemohuani. Esto puede querer decir, según mi interpretación que simplemente vienen a ser. El que las crea o poetiza (en el sentido griego del término), el ave del dios, responde así a lo que ya Ipalnemohuani hizo antes con ellas, o sea, darles sustento. Gracias a que los cantares son esta respuesta y a que en ellos se descubre la doble relación entre Dios y la palabra acerca de él (y de la palabra consigo misma) el cuicapicqui los llama “riqueza”. Con las flores y los cantos (como quiera que se entienda este difrasismo) se deleita a los otros, i.e. se les hace moverse como igual lo provoca una flor viva, enraizada, verdadera (eso o un bello canto que no está menos vivo; en todo caso, una belleza que emociona).

 

Dondequiera que se entone el canto tendrá éste el mismo origen: el Árbol Florido (aquí Flor Enhiesta), en sí sustentado (¿Moyocoyatzin?) y que vivifica. El darse cuenta con el corazón (y-oll-otl) de este misterio de la flor deja a quien lo percibe embriagado y trastornado: ya no es el mismo porque conoce a la Divinidad en una de sus manifestaciones: la palabra, en la cual la encuentra y mediante [¿en?] la cual con aquélla se comunica.

 

 

[18.]

Séptimo poema de Tecayehuatzin

 

¿Quién está en el estrado florido?

¡Bien es tu casa en el musgo acuático!

Canta y da sus trinos Xayacamachan.

Enajena su corazón el florido cacao.

Hermoso canto resuena estruendoso:

Alza su canto el rey Tlapalteuccitzin:

Deleitan sus flores, caen esparcidas:

sus flores preciosas flores son.

 

Otro fragmento introductorio. El que hablará tiene un corazón endiosado (yollteotl) por la embriaguez de la cacahuaxochitl: flor preciosa (la palabra es la misma que en la última línea), el canto mismo o la flor divina del mundo sustentado.

 

 

[19.]

Primer poema de Xayacamachan

 

Oh, amigos míos, a vosotros busco;

he recorrido una a una las sementeras, y estáis aquí.

Gozaos alegres y discurrid unos con otros:

llego acá yo vuestro amigo, amigos míos.

¿Cómo entre las flores vengo a introducirme?

¡Yo flor de cadillo, yo flor de muicle!

¿Cómo yo así, con tanta impudencia?

Estoy apenado, oh amigos míos.

¿Quién soy yo? Me vivo volando,

algo compongo: cantos floridos,

mariposas de canto.

Que mi sentimiento se revele, que mi corazón se exprese.

Vengo al lado de otros: he bajado ya,

yo guacamaya primaveral llego al suelo,

expando mis alas junto a los enflorados atabales:

mi canto se eleva y se difunde por la tierra.

 

El poeta ha advertido que sus amigos se reúnen (que los cantos se llevan a cabo) en una particular sementera, aquí, la tierra (el suelo) donde la fragilidad de la flor invita al goce, especialmente al poético en el que se revela el sentimiento y se expresa la vida, ambos procedentes del Dios[8]. Parece al final que incluso es la misma divinidad quien habla en Xayacamachan: el canto que éste consigue se eleva (como respuesta a Ipalnemohuani) y de ahí se esparce como ocurría con las flores del Xochicuahuitl. De alguna forma las minúsculas flores de muicle y cadillo (que son las deficientes composiciones del poeta pero también la poesía en general: cantos “desiguales”) logran revelarse fundamentadas y (porque el Fundamento del mundo es también Omnipresente, Tloque Nahuaque) asimilables a lo Divino[9].

 

 

[20.]

Octavo poema de Tecayehuatzin

 

He aquí, amigo mío, ya renuevo cantos,

voy y vengo entre cantos. Dispuestos están;

mi ánfora preciosa, con cuerdas de oro la ato,

yo, vuestro pobre amigo.

Vigilo los campos verdes, yo vuestro pobre amigo,

mi cabaña de guardián enflorecida he tejado,

y con esto me gozo, que son muchas las sementeras de él.

¡Gozaos!

 

La multivocidad de los términos flor y canto a lo largo del poema y de la producción literaria en lengua náhuatl se reafirma en este breve fragmento: Renuevo o repito la belleza de la flor porque me pongo a cantar de nuevo o reproduzco en la actividad poética al sustento del mundo, al Dios desdoblado hasta el infinito en múltiples sementeras. “Voy y vengo entre cantos (cuicatitlan)” porque la omnipresencia del Dueño del cerca y del anillo es fatal (todo está fundamentado, luego, no hay nada que no lo esté. Todo posee una verdad metafísica por el mero hecho de existir), pero también debido a las múltiples intervenciones de los poetas que hasta este momento han tenido lugar y entre las cuales Tecayehuatzin parece estar “encerrado”.

 

El gozo al que invita el poeta es la vigilancia (el hacerse cargo: tlapia) de los campos que verdean y el techar con flores (en esta ocasión vegetales) la cabaña de guardián. Son esos unos goces muy rústicos si se quiere pero para el verdadero poeta el Fundamento está en todo lugar (tiene múltiples sementeras), así que la flor no es mero artificio de palabra sino emoción –en sentido etimológico-, el mismo hombre de rostro y corazón y la vivencia de tlalticpac (Cf. [19.]), que es gozo pero -por su limitación y fragilidad- también angustia.

 

 

[21.]

Segundo poema de Xayacamachan

 

Alégrate en extremo,

oh floreciente rey, que tienes tantas joyas,

¿es que alguna vez más vendremos a la tierra?

Tu corazón lo sabe: una vez solamente 

venimos a la tierra.

 

Contradictorio podría parecernos que el goce limitado de las bellezas de la tierra sean alegría desbordante para el corazón del poeta. Aquí, donde se poseen joyas no se está para siempre y eso augura una mayor perfección de las flores del más allá (caso en que sería gozoso no tener que soportar las limitaciones más que una vez) o bien, puesto que se ignora la persistencia del canto en Quenonamican, vale más disfrutarlo ahora que se lo tiene. Lo dicho aquí tiene paralelo en [6.]

 

 

[22.]

He llegado acá:

en las ramas del Árbol Florido

soy floreciente Colibrí:

deleito mi nariz: con eso me alegro:

dulces sabrosos son mis labios.

 

De no ser por el título que da Garibay a la sección (“Interviene el dios”, aquí omitido) bien podríamos pensar que es un cantor quien lo dice. Las alusiones al Árbol y al Colibrí-Huitzilopochtli están relacionadas con [16.] De ser discurso humano, también hay similitud con los goces rústicos de Tecayehuatzin: “me alegro con el sabor dulce que me deja en los labios el néctar que como colibrí tomo de las flores”, entendido en su más obvio sentido  pero también en los otros que afloran si se atiende al hilo de la interpretación. Si lo dice un hombre se abre además una opción inquietante: cuando “baja” (cf. [16.]) del lugar del Xochicuahuitl es capaz de deleitarse con cosas más o menos simples como un sabor o un poema. Cuando está allá, no obstante es el floreciente Colibrí, (Huitzilopochtli) o sea, una máscara de la Dualidad misma.

 

 

[23.]

Canto general para el fin

 

Tú que das la vida,

ya con flores eres suplicado.

Nos humillamos, te damos placer

junto a los enflorados atabales,

oh Señor del Palacio de las aguas.

Se guardan ya los tambores,

se guardan en la casa de la primavera.

Están en tu espera los príncipes

Yaomanatzin, Micohuatzin, Ayocuatzin:

con flores suspiran los príncipes.

 

La reunión está por terminar pero al Dios Ipalnemohuani se le sigue anhelando con flores, ya no quizá las de los cantares (“se guardan ya los tambores...”) pero aún se le espera.

 

 

[24.]

(sigue el poema de Asedio a Huexotzinco que, salvo por las referencias a la protección del dios y a la denominación de la ciudad como “su casa” realmente no parece aportar demasiado. Quizá, como apunta Garibay (op.cit. cxxvii) el poema esté mal colocado en el manuscrito y se trate más bien de un yaocuicatl)

 

 

 

[25.]

Poema de clausura

 

Ahora, amigos míos, oíd por favor:

Canto de ensueño (in itlatoltemictli: sueño de la palabra[10]) es:

Cada primavera nos hace vivir el dorado jilote;

nos da refrigerio el rojizo elote:

nos pone un collar de preciosas piedras

saber que nos es fiel el corazón de nuestros amigos.

 

Para acabar con el Diálogo, Tecayehuatzin habla un “sueño de la palabra” al que los otros tienen que estar atentos. Itlatoltemictli se ha leído como: “lo que decimos es entre sueños”, no es realmente verdadero. No obstante, en mi interpretación encaja más bien con el xochin poyon de [9.]: la función narcótica de la flor (en este caso flor de palabra, canto) nos hace olvidar “algo” de la Divinidad. En este caso, lo desatendido es la angustia que los icnocuicatl pueden expresar por el hermetismo del Dios.

 

El sueño de la palabra de Tecayehuatzin es realmente un beso para la humanidad que canta: el jilote da nueva esperanza para el hombre porque es principio del Maíz, como lo Divino Dual. El rojizo elote (tlauhquechol elotl) es nuestro sustento, Tonacacihuatl y Tonacahtecuhtli, además de un recuerdo de la evolución del mundo en la cual las fuerzas cósmicas divinas son el factor de movimiento. El corazón de nuestros amigos, su vida, es también causado por el Dios-Teyocoyani, que envía a los hombres desde el cielo, sea que se trate de su vida física, su persona, o que pensemos en la poesía y el canto (emanado del Xochicuahuitl) como yollotl de los poetas congregados. En ese caso la poesía, la flor “nos es fiel” pues siempre se puede regresar a ella para encontrar y dar respuesta al Dios-Dos que es Todo.

 

Pero aún más, porque lo que dice el huexotzinca puede ser también algo tan simple como “oíd este cantar mío, es bello, nos refrigera como lo hace el maíz, y lo entono sólo para agradeceros su presencia aquí, idos, se acabó”.

 

De cualquier forma hay en mayor o menos medida una autorreferencia al propio poema no sólo de este sino de casi todos los fragmentos estudiados en muchísimos lugares de la poesía náhuatl: Se habla de flor y canto como intentando decir algo del Dios, de la Guerra, del Cosmos, del Hombre (“flor es tu cuerpo...”), de la Poesía misma que se entona para celebrar u olvidar el llanto. Por ello, cuando creemos haber captado la referencia (el fundamento, la verdad, Ipalnemohuani) del famoso difrasismo (in xochitl in cuicatl) siempre hay algo que se escapa (un arcano, Noche y Viento) porque en todos lados (Tloque, Nahuaque) -como lo quería Sahagún- el cantar del náhuatl es bosque donde se ocultan los demonios.

 

Percibido esto por la propia civilización que los creó, la misma vivencia poética -permeada en absoluto por la naturaleza divina- origina tanto el gozo expresado por los xopancuicatl[11] que parecieran alegrarse por la complicidad con Dios que da poder cantar la belleza, como la desolación de los icnocuicatl más tristes, carentes de esperanza alguna ante un dios insondable al que ni el más hermosa canto es igual:

 

 

(Ms. BN 12v-13r)

 

(...)

Breve tiempo vivimos en dicha:

Gozad: por breve tiempo hay festín, que todo ese tiempo haya gloria.

Nadie de verdad es tu amigo:

sólo por breve espacio se nos prestan tus flores:

¡flores que se marchitan!

Cuanto florece es tú en tu solio y trono:

la realeza y, en medio de la llanura,

el mando y dominio que se entrelaza

con tus flores de guerra:

¡flores que se marchitan!

Nada es verdadero de lo que aquí se dice,

oh tú que das la vida,

es todo como un sueño,

es como si se dijera al despertar del sueño.

Eso es lo que decimos en la tierra.

¡Nadie de nosotros dice la verdad en la tierra!

Y aun cuando a puñadas se nos dieran esmeraldas,

oh dador de la vida,

ni aun cuando con joyeles

tú fueras impetrado, se te hicieran ruegos,

acaso la nobleza, los Águilas, los Tigres,

¡nadie de nosotros dice la verdad en la tierra!

¡Ah, el dador de la vida de nosotros se mofa:

sólo un sueño, perseguimos, amigos,

y nuestros corazones están confiados,

pero el autor de la vida de nosotros se mofa!

 

Se mofa Ometeotl, moquequeloa, porque cuando creemos aprehender el fundamento, la verdad y la belleza, el Dios los destruye con su acción (la muerte de todo lo que entra en el ciclo temporal del Universo, incluso los jades, el oro y las plumas de quetzal y los hombres que Ometeotl –enmascarado como destrucción- borra y cancela[12]) o porque, no teniendo su casa en ningún lugar -Tloque Nahuaque-, estando en sí mismo sustentado (Moyocoyatzin) porque todo sustenta (Ipalnemohuani), permanezca invisible e impalpable aún a pesar de los cantares que lo investigan porque éstos no podrán ser nunca idénticos a toda la Dualidad que es el Dios, a lo único verdadero en sentido estricto:

 

 

(RSNE 4v y 5)

En ningún lugar puede ser

la casa de Moyocoyatzin:

en todo lugar es invocado,

en todo lugar es venerado:

se busca su renombre, su gloria

en la tierra.

    Él la crea:

Es el Sumo Árbitro, Moyocoyatzin.

en todo lugar es invocado,

en todo lugar es venerado,

en la tierra.

   Nadie puede ser,

nadie puede ser amigo

del que hace vivir a todo:

solamente es invocado,

sólo a su lado y junto a él

puede haber vida en la tierra.

(...)

Nos enloquece el corazón,

Ipalnemohuani,

nos embriaga aquí ...

¡Nadie quizá acertar puede

el que habla sobre la tierra (in ol tlatohua tlalticpac)!

   ¡Por eso tú desbaratas

como quiera que lo diga nuestro corazón!

¡Nadie quizá acertar puede

el que habla sobre la tierra!

 

A pesar, pues, de ser indescifrable, de que nadie pueda ser su amigo o acertar (¿týnjanon?) con él, es por el mismo Dios que el hombre ha de cantar, porque Ometeotl omnipresente se desdobla en la poesía: respuesta del lenguaje a su propia belleza, a la cual él sostiene (en ese sentido es Moyocoyatzin, “el que se hace a sí mismo”).

 

Cantad como lo quiere el corazón de aquel por quien vivimos en la tierra”, dice el Ms. T (1582) en f. 17v. El movimiento del dios, su querer, su corazón, es el canto y la flor que son tanto los espíritus como los terrestres brotes y las canciones tristes o alegres que se le entonen a cualquiera de sus desdoblamientos (la guerra como acto ritual, la belleza de tlaticpac o la poesía misma), siempre verdaderos, enraizados aunque no todas las veces duraderos.

 

En los icnocuicatl mismos, en su estructura, puede verse una expresión de la contradicción intrínseca a la Dualidad de Ometeotl: primero la desesperanza pero luego la conformidad (que no resignación) y la invitación al gozo de lo que es destino del hombre[13]. Si las flores son prestadas (Cf. Ms. BN f.34r.) apenas importa mientras sea cierto que el Dios nos las concede[14]: “No esté angustiado vuestro corazón, tampoco vuestra palabra, amigos míos” (Id., f. 25v),

 

 

¡No hay más que llamar a ti, dador de la vida:

sufro, pero sólo tú eres nuestro amigo!

Hablemos sólo tu bella palabra,

digamos por qué estoy triste:

Busco el placer de tus flores,

la alegría de tus cantos, tu riqueza. (Id. f. 23v)

 

El canto se muestra inerme ante el inescrutable ser de Dios, pero a la vez es la “piedad”[15] -idéntica a él mismo- por la cual el hombre se embriaga y olvida que (puesto que él y su canto son (de) el sistema global y absoluto que es Dios mismo), de todas las formas posibles, lo Divino siempre le permanecerá hasta cierto punto oculto e inefable[16]; tan sólo mostrado y mostrable en las múltiples lecturas e infinitas referencias que la Flor admite.

 

 

 

        

 

 

 



[1] Me refiero a que existen básicamente dos tendencias para la interpretación e los cantares: una la de la escuela mexicana (Garibay y sus discípulos), para la cual los cantos son básicamente formas de literatura, y otra más reciente, de Briesthold, para quien los “poemas” son en realidad invocaciones a los espíritus de guerreros muertos y “flor” y “canto” los nombres genéricos par designar esa “apariciones”. Sobre el particular véase el valiosísimo capítulo noveno de Literatura Náhuatl, de Amos Segala. Mi postura recupera ciertas inquietudes de este último autor acerca de la necesidad de una síntesis armónica entre ambas lecturas (y todas las que sean posibles). De hecho, puede considerarse la materia de este ensayo como la búsqueda de una clave hermenéutica que dé cabida a esas lecturas desde dentro del propio sistema cultural de los nahuas. Para mí el concepto unificador parece ser la figura y atributos de Ometeotl, que a mí me sirve de paso para poner sobre la mesa algunas cuestiones que exceden lo meramente incluido en aquello de la Flor y el Canto. (entiéndase la determinación del lenguaje poético en general por el tema central de sus composiciones, que en este caso es un Dios panteísta, lo cual conlleva otra problemática aun mayor.) 

[2] León- Portilla. Los antiguos mexicanos. pp.130-138

[3]  En el tomo II de su Poesía Náhuatl. pp. 96-121.

[4] Para las supuestas circunstancias históricas de la reunión en casa de Tecayehuatzin huexotzinca vid. León Portilla op.cit. pp.128-129.

*  La numeración no sigue la que da Garibay. Pongo números consecutivos para referirme a los fragmentos más fácilmente dentro de este trabajo.

[5] El papel ritual de la poesía náhuatl está consignado en muchos lugares de la literatura sobre el tema, p.e., Birgitta Leander. In xochitl in cuicatl. p. 39: “Entre los aztecas la poesía (...) tenía una función ritual dentro de su visión cosmogónica, aunque también podía tener fines didácticos o de entretenimiento.”

[6] Cf. Id. p.43.

[7] Poesía Náhuatl II. xxiii

[8]  Como lo prueba este otro canto de los RSNE f.16r: “Toda emoción procede de él: venimos a saberlo en la primavera: se habla del dios, se declara de él cómo ha de querer, cómo ha de disponer la flor y el canto.

[9] Desconcertante es el poema que aparece en Ms. BN ff. 16v-17r cuando dice: “Tú te has convertido en Árbol Florido: abres tus ramas y te doblegas: te has presentado ante el dador de vida: en su presencia abres tus ramas: nosotros somos variadas flores. Perdura aún allí, abre tus corolas aún en esta tierra. Si tú te mueves, caen flores: eres tú mismo el que te esparces.”. Cf. tb.  Lo dicho en [16.] y en [22.] más adelante.

 

[10] Así traduce, más correctamente, León –Portilla.

[11]  “... Pero aquí rige la ley de las flores, pero aquí rige la ley del canto, aquí en la tierra” (RSNE f.24r)

[12]                                            Doy placer a tu corazón, oh tú por quien  se vive:

ofrezco flores para ti, elevo cantos a ti.

Que aún por breve tiempo te dé yo placer,

te hastiarás algún día.

Cuando tú me destruyas, cuando yo haya de morir.

¿Habrá de retractarse tu corazón, oh tú por quien se vive?

ofrezco flores para ti, elevo cantos a ti.

Que aún por breve tiempo te dé yo placer,

te hastiarás algún día.

Cuando tú me destruyas cuando yo haya de morir. (Ms.BN f.24r)

 

[13]  Esto es,  su gustoso dolerse. Recordemos al Cuauhtencoztli de [12.] y leamos este otro canto (Ms. BN 35 r y v): “(...)¡Nunca será, o nunca tendré placer, nunca gozaré! ¿Dónde es el sitio de vivir de mi corazón? ¿Dónde está mi casa, dónde está mi hogar durable? Aquí en la tierra solamente sufro. ¿Sufres, corazón mío? ¡No te angusties en esta tierra: ése es mi destino: tenlo por sabido! (...)”

[14]¿Va a consentir con ello el Dador de la Vida?” (vid. [1a.]) Sí, lo hace en forma de flores y cantos, en sus múltiples acepciones y con las características particulares de cada una de ellas.

[15] Véase RSNE f. 20v.

[16] Cf. L. Wittgenstein, op.cit. 3.333 y 7.